Por más que los esfuerzos del adulto apunten a esconder los sentimientos de envidia que se despiertan en él ante alguna circunstancia favorable de sus seres cercanos y queridos, cuando observamos detenidamente podemos notar que la envidia está ahí todo el tiempo de manera latente.
Entre los adultos, es común notar una repulsión importante frente a la simple posibilidad aceptar que alguien más nos despierte envidia. De esto surgen métodos evitativos que resultan de gran eficacia. Un ejemplo muy popular es el de “El mal de ojo” y los amuletos de protección frente al mismo. Inconscientemente, protegemos al bebé (o a todo lo nuevo) de nuestra propia envidia dándole un beso o colocándole un listón.
Otro ejemplo, me parece, es el que observé en un programa de entretenimiento en el que las conductoras tenían una sección llamada “Maldita vieja”, en la que analizaban (por llamarlo de algún modo) a las que ellas consideraban las mujeres más bellas del mundo. Esta sublimación resulta muy útil entre los adultos. Otra manera muy común de evitar hacerle frente a la sensación de envidia es mediante el empleo de un mecanismo llamado identificación proyectiva, gracias al cual, los aspectos desagradables de uno mismo son depositados en el otro, mientras que los positivos se abrazan y sobrevaloran. Del empleo de este mecanismo surgen sentencias definitivas como “los demás me tienen envidia”, tan comunes entre narcisistas y paranoicos.
No existe “envidia de la buena”, y mucho menos “envidia de la mala”. La envidia es una más de las sensaciones o emociones naturalmente humanas de que estamos dotados; y, como adultos, resulta sano asimilarlo así.
Hasta el próximo jueves.
Psic. Juan José Ricárdez.
[1] No se ahondará en las cuestiones referentes a la envidia y sus consecuencias dentro de todo tratamiento psicológico debido a que ése es un tema que requeriría un abordaje exclusivo.
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