jueves, 8 de mayo de 2014

El loco y su refugio

Sobre lo que es la locura pueden decirse muchas, cosas, y sobre la manera en que el hombre ha intentado comprenderla existen muchos documentos. La locura es un tema interesante pero complicado, y de ella se ocupan desde los poetas hasta los psiquiatras. Dependiendo del campo desde el cual se le estudie, la locura puede ser comprendida como una virtud o como un defecto. Lo único en que quizás coincida la mayoría de estudiosos es que la locura es una especie de refugio, un recurso que va desde la aparición de uno o varios síntomas que hacen, para quien los presenta, la vida más llevadera (como los rituales obsesivos, por ejemplo), hasta la desconexión total de una realidad que resulta insoportable (una psicosis franca como la esquizofrenia)[1].

Pese a lo que podría pensarse, y aún a pesar del malestar que produce en el loco su locura, su condición es preferible para él que la realidad misma (o en todo caso que aquello que la desencadenó). Es decir, el loco encuentra en su locura algo que la realidad, no es capaz de ofrecerle. Esta circunstancia no es menor, y no tendría que pasar por alto para quienes tratan profesionalmente a pacientes en esta condición, ya que esos locos son humanos, incluso más humanos que los otros.

En una gran canción de Arjona llamada Loco (1998), está expresado este humanismo tan necesario. Arjona cuenta la historia de un chico que se vuelve loco tras un duro golpe en la cabeza. Es entonces cuando el autor resalta que ese refugio (la locura del chico), no tiene por qué ser algo malo si se coteja con la realidad que vivimos: “Regálame un poquito de locura, que me ando fijando mucho en la marca de tu pantalón; ¿se te apagó la luz o la encontraste?, ¿se te zafó un tornillo o lo apretaste?”, le pregunta Arjona al loco, ya que estando así, loco, no tiene qué obedecer a los protocolos ridículos de una sociedad que no va a ningún lado.

“De músico, poeta y loco, todos tenemos un poco”. Este dicho popular revela, como generalmente sucede, una verdad profunda. Pero entonces, por qué se juzga tan duramente al loco, por qué se le encierra o por qué se usa la palabra “loco” como calificativo hiriente. Maud Mannoni puede ofrecernos luz con sus palabras:

El hecho de que el decir verdadero en nuestra sociedad sólo puede expresarse en la delincuencia o en la locura, pone en evidencia lo que funciona mal en nuestro sistema. (…) El problema de la segregación no es un problema puramente político. En el corazón de cada uno de nosotros hay lugar para el rechazo de la locura, es decir para el rechazo de lo que nosotros reprimimos. (1885, pp. 218-230)

Si el loco ya logró refugiarse, ponerse a salvo de lo que los demás han de soportar; ¿por qué queremos regresarlo a la vereda de lo absurdo? Habrá que trabajar con él (o más bien para él), obviamente, porque esa travesía alterna por la vida sin duda le genera malestar; pero habrá que tener como imperativo categórico que lo que se pretende es su bienestar, no el de un torpe mundo que no sabe qué hacer con él y que lo encierra en donde puede antes de asumir su responsabilidad.

El loco nos impacta porque dentro de cada uno existen los mismos núcleos mentales. ¿Y qué es un loco, finalmente?, para mí no es otra cosa que una persona que, pese a su voluntad, ha cedido a la primacía de sus dotes más genuinas sin importarle el mundo al que él tampoco le importa. Es el ejemplo de contacto más auténtico de una persona consigo misma, y la renuncia a la interacción superflua con los demás con todo y los beneficios y desventajas que ese ensimismamiento conlleva (consecuencias que el loco no asume porque no se entera de ellas). El loco ama, canta y opina; que no lo haga como el resto, no justifica los prejuicios.

Si bien hablamos de los locos, termino compartiendo una fórmula útil para la oportuna detección de un idiota, fórmula que aprendí trabajando en una institución psiquiátrica: un idiota es aquel que llega a convencerse de que un loco está equivocado y que hay que cambiarlo. Esos seres, los idiotas, son verdaderamente de cuidado.

Hasta el próximo jueves.


Psic. Juan José Ricárdez.




Referencias

Mannoni, M. (1985) El psiquiatra, su loco y el psicoanálisis. Distrito Federal: Siglo veintiuno.

Ubaldo898 (2008) Arjona “loco”. Recuperado de http://www.youtube.com/watch?v=2Gx73pZluws






[1] Sobre la controversia entre modelos de explicación etiológica o de tratamiento será más apropiado hablar en otro espacio. Lo que aquí diremos está al margen de esas cuestiones.

jueves, 24 de abril de 2014

El peligro del psicoanálisis*

Los desarrollos aquí descritos no han pretendido ser la última palabra de un tema a todas luces interminable.  Quien ahora escribe lo ha pensado así desde el principio, y de éllo se desprenden los dos objetivos de nuestro trabajo: 1) compartir puntualizaciones oportunas a las afirmaciones que en El fraude del psicoanálisis (2013), de S. Jarré, hemos encontrado, y que hemos considerado incorrectas; y 2)  que este documento resulte útil para todo aquél que se interese en el tema, y que de él puedan obtenerse elementos suficientes en la toma de postura frente al mismo.  Era imposible haber hecho frente a todos los temas que son tocados en El fraude; así que optamos por centrarnos en las cuestiones referentes, exclusivamente, al quehacer psicoterapéutico del psicoanálisis.

     En El fraude de Jarré hay un apartado titulado El peligro del psicoanálisis, y hemos tomado este título para dar nombre a nuestro trabajo por la sencilla razón de que, efectivamente, consideramos que el psicoanálisis es muy peligroso, muy doloroso, muy intenso, y es precisamente este grupo características en las que recae su efectividad.  El psicoanálisis, como psicoterapia, es una experiencia que nos pone en contacto con lo más íntimo de nosotros mismos, con aquello que se ha estructurado a lo largo de una vida y que, definitivamente, no puede ser enteramente comprendido y modificado en diez o doce sesiones. Pero sobre todo, nos ha enseñado a escuchar y a responsabilizarnos de lo que decimos cuando hablamos, porque, definitivamente, no hay nada que podamos decir que no hable, de manera contundente, de lo que somos.

Hasta el próximo jueves.

Psic. Juan José Ricárdez.


*La presente entrega es la Introducción del texto El peligro del psicoanálisis: la responsabilidad de lo que se dice. La versión completa puede revisarse en http://issuu.com/juanjoserl/docs/el_peligro_del_psicoan__lisis__vers ó en http://www.slideshare.net/JuanJosRicrdezLpez/el-peligro-del-psicoanlisis.

jueves, 27 de marzo de 2014

El tratamiento psicológico de los cercanos

Hace algunos días sucedió un evento que me hizo considerar un tema al que no le he dado las vueltas necesarias. Un amigo, y colega, me solicitó que lo tratara en psicoterapia. Mi respuesta inicial fue que no. No obstante, y movido por su insistencia, reflexioné un poco más y, finalmente, acepté.

Para la disyuntiva que supuso la propuesta de mi amigo sólo contaba con dos referencias: por un lado, mi propia experiencia intentando tratar a una muy buena amiga; y por el otro, una experiencia que Etchegoyen (1999) relata sobre cómo él trató a una amiga suya que, por cierto, también era psicoanalista. Mi experiencia databa de mis inicios como terapeuta. En aquel entonces, si bien mi técnica era rigurosamente apegada a la propuesta freudiana, el encuadre que manejaba era muy débil (cuando no nulo). No requería, según pensaba, de una entrevista inicial ni de un encuadre como tal; bastaba para mí con una pequeña explicación del trabajo a realizar al finalizar la primera sesión que, sin duda, tenía que ser ya de tratamiento. No avanzamos mucho aquella vez. La experiencia de Etchegoyen fue muy diferente. Se sabe bien que este psicoanalista se ha caracterizado por ser un importante estudioso de la técnica y un riguroso del encuadre. Frente a la solicitud de su amiga (y como lo hace siempre) dedicó el tiempo necesario a los detalles del encuadre. El tratamiento resultó favorable.

Me sorprendió que un psicoanalista aceptara tratar a alguien con quien mantenía una relación extra-clínica. Cuando mi amigo me hizo la solicitud, y la reflexioné a fondo (reflexión en la que sin duda mi mujer jugó un papel importante), recordé una ocasión en que un psicólogo al que le tengo mucha estima y admiración me dijo: “a veces me desespera poder haber ayudado a tanta gente, y no poder hacer algo por mi familia”, refiriéndose a la imposibilidad de tratar a familiares. Alcancé una idea que hasta entonces no había pensado (por básica que parezca): debe existir algún modo de poner el saber psicológico al servicio de las personas cercanas (familiares, amigos, etc.) en el marco de una experiencia clínica. Partiendo de mis dos referencias (la de mi experiencia tratando a una amiga y la de Etchegoyen tratando a su amiga y colega), pensé que la clave para hacer posible el tratamiento de los cercanos está en tomar en cuenta los siguientes puntos:
  •    La necesaria existencia de sesión(es) de encuadre y entrevista previas a las de tratamiento.([1])
  •              El imprescindible pago de honorarios.
  •           Cuando se trata a un conocido existen ya transferencias, por lo cual será determinante, más que estar a la expectativa de su aparición (como con un paciente desconocido), saber detectar su ubicación y movimiento (quién transfiere y quién contratransfiere y de qué modo antes de y durante el tratamiento).
  •           Facilitará el trabajo, en mi opinión, el acuerdo de un número definido de sesiones (en el encuadre); acuerdo que (junto con el de los honorarios) no podrá ser modificado en ningún momento del tratamiento bajo ninguna circunstancia.

Estas consideraciones, aunadas obviamente a las que se emplean con los pacientes desconocidos, favorecerán la relación terapéutica y facilitarán el establecimiento del trabajo psicológico.

Sobre los resultados del empleo de esta propuesta tendremos oportunidad de hablar más adelante.

Hasta el próximo jueves.


Psic. Juan José Ricárdez.




Referencias

Etchegoyen, H. (1999) Los fundamentos de la técnica psicoanalítica. Buenos Aires: Amorrortu.




[1] Esto es algo que considero necesario en el tratamiento de cualquier persona.