jueves, 7 de agosto de 2014

Los celos: más allá de la razón (II de II)

En su texto de 1922 llamado Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad, Freud clasifica en tres grados a los celos: 1º. Celos concurrentes o normales, 2º. Celos proyectados; y 3º. Celos delirantes.

Sobre los primero dirá que son completamente racionales y que su origen se remonta a situaciones actuales; no obstante, tienen su raíces inconscientes en el Complejo de Edipo y en el complejo fraterno; ambos vividos en la infancia. Los celos proyectados, por otro lado, “nacen, tanto en el hombre como en la mujer, de las propias infidelidades del sujeto o del impulso a cometerlas; relegado, por la represión, a lo inconsciente” (Freud, 1983, p. 296) La intensidad de los celos experimentados sería, por consecuencia, proporcional al deseo inconsciente de cometer infidelidad[1]. Lo celos delirantes, por último, son producto de una represión poderosa de los impulsos inconscientes, con lo cual se proyectaría la atracción hacia el rival atribuyéndosela a la pareja. La fórmula sería: “No soy yo quien le ama, es ella” (Freud, 1983, p. 298).

Como en todo lo que tiene que ver con emociones, negarlas o no sentirlas son un síntoma grave. Suele decirse que los celos son signo de inseguridad. Esta visión, tan a la punta de la nariz, me parece peligrosa en un entorno en el que, de por sí, resulta poco aceptado el contacto con las propias emociones. Los celos están más allá de la seguridad o el autoestima; aunque sin duda se dan en ellos ecuaciones narcisísticas, paranoides y afectivas que aquí no abordaremos. Lo importante es saber que los celos son perfectamente normales (si alguien lo duda puede observar a los niños), y que pueden tornarse saludables si a partir de ellos podemos comprender mejor nuestras emociones. ¿En qué consisten, pues, los celos?, Victoria Leal explica artísticamente la postura del celoso:

En eso consisten los celos: en colocarse en el lugar de quien ha perdido el paraíso a causa de otro y que lucha con todos los derechos para volver a él. Al principio lo pierde por instantes recobrables, luego, cada vez dura más y más esa pérdida. Y así de más en más aumenta su tormento. […] Es tragicómico seguir el hilo de la discusión del celoso con su pareja, y ya que ésta tiene las llaves de su paraíso, no habrá manera de que cambie un ápice su razonamiento, menos todavía que deje de ser verdad. Y esa verdad será única, verdadera, infalible, absoluta, inequívoca. (2011, p.74)

El celoso está más allá de la razón, pero sin duda tiene sus razones. Al celoso no hay que castigarlo diciéndole que su autoestima está mermada, o que es débil y por eso se siente así; más bien habrá que entender que la imposición que él hace de su verdad, frente a la verdad objetiva, obedece, seguramente, a una complicación para hacer frente a la ausencia de lo amado. No basta con dar “respuestas racionales” a las ideas producidas por los celos. Las respuestas racionales aspiran a la justicia tras el análisis de la realidad objetiva; los celos son irracionales y no se contentan con la justicia, sino con la solución ilusoria.

El celoso desea eliminar rivales (como el niño que no dibuja al hermano recién nacido en el retrato que hace de su familia); pero, aún eliminando a los rivales objetivos (matándolos por ejemplo), la base emotiva no desaparece[2]. Habrá que entender esta condición, habrá que respetarla y tener claro que, comprendiendo las motivaciones del celoso, seguramente podrán educarse sus reacciones.

Hasta el próximo jueves.

Psic. Juan José Ricárdez.



Referencias

Bollain, I. (2003) Te doy mis ojos. España: Alta Producción, S. L., Producciones La Iguana.
Freud, S. (1983)  Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad. Psicopatología de la vida erótica (Teorías sexuales infantiles. Psicología de un caso de homosexualidad femenina y otros ensayos) (pp. 295-308). Distrito Federal: Iztaccíhuatl.
Leal, V. (2011) Ejercicios de escritura. Distrito Federal: Ediciones de la noche.
Ruben, J. (1993) The good son. Estados Unidos: 20 Century Fox.



[1] Hablando de esto en una terapia grupal de pacientes con adicciones, una paciente comentaba: “yo creo que eso es cierto porque yo tenía un novio y no lo dejaba hacer nada y siempre me enojaba con el por celos; pero mientras yo lo engañé muchas veces”.
[2] La película The good son (1993) (curiosamente llamada en español El ángel malvado) puede reflejar lo recientemente dicho. El pequeño protagonista, Henry Evans (Macaulay Culkin), experimenta celos ante la figura de su primo Mark (Elijah Wood) y manifiesta su hostilidad hacia él, y hacia su propia hermana, de modos interesantes. Henry tuvo un hermano que murió ahogado en la tina siendo recién nacido. La historia nos permite descubrir que aquel recién nacido no murió por accidente (por lo cual la madre, única figura de afecto de Henry, se sentía culpable), sino que fue asesinado por Henry. Henry ama a la madre y está dispuesto a eliminar a los rivales que podrían robársela (excepto a su padre, tema que podríamos desarrollar en otra entrada), es decir, a los que le producen celos. El final y su simbolismo no podría haber sido más adecuado: la madre debe decidir salvar la vida a Henry o al primo rival Mark. Henry mató al objeto de sus celos (hermano recién nacido), no obstante, su temor de que alguien robara el amor de la madre no murió con el bebé, sigue ahí, repitiéndose incesantemente, buscando un depositario del temor y la hostilidad.

viernes, 1 de agosto de 2014

Los celos: más allá de la razón (I de II)

Tema bastante manoseado el de esta entrada, por lo cual un nuevo (ni tan nuevo) intento de abordaje no le hará daño a nadie. Hablaremos de los celos, ese sentimiento que siempre aparece entre los amorosos, y que suele dar lugar a enfrentamientos sublimes y sinceros.

¿Qué son los celos? No podría definir claramente si son un sentimiento, una emoción o un estado de ánimo; de cualquier modo, es un estado psíquico de malestar producido por temores de exclusión frente a alguna situación deseada. Los celos siempre aparecen entre una pareja (pa-Reja), pero no sólo en la pareja erótica, sino en cualquier pareja en que participe el ser humano: pareja laboral, pareja amistosa, pareja situacional, etc.

Decíamos que los celos incluyen temores de exclusión: miedo a que alguien (o algo) más ocupe nuestro lugar en una pareja. A partir de estos temores surgen ideas y pensamientos, generalmente irracionales de abandono y de soledad. Un ejemplo ilustrativo de esto es el diálogo que se presente entre Antonio (personaje de la película Te doy mis ojos) y su terapeuta a propósito del malestar que le genera al primero el hecho de que su esposa no le conteste el teléfono:

T. Qué pasa cuando llamas a Pilar y no te contesta.
A. Pues que me pongo de muy mala hostia.
T. Ya sé, pero no es eso lo que te cabrea; lo que te cabrea son los pensamientos que eso te provoca; y eso es lo que vamos a anotar. ¿Qué piensas?
A. Pues que lo ha apagado porque no quiere que sepa dónde está.
T. Y no quiere que lo sepas por…
A. …No sé, no sé, no sé, prefiero no saberlo.
T. ¿Porque te está engañando?... Antonio, si no lo dices no podemos desmontar esa idea. Cómo la desmontamos; nos preguntamos: “¿Está realmente con otro?”; respuesta racional: “que no responda al teléfono no significa, necesariamente, que esté con otro, sino que no puede contestar porque, pues porque está trabajando”. ¿Me sigues?
A. Sí.
T. Venga, ¿qué más piensas?
A. …Que no se acuerda de mí, y que cualquier día conoce a alguien, se fija en otro.
T. A ver, ahora nos preguntamos: “¿Una cosa lleva necesariamente a la otra?”, respuesta racional: “que trate todos los días con hombres no significa que se enamore de ellos”. Coño Antonio, tú en la tienda ves todos los días mujeres y no te vas con ellas. Si no lo haces tú por qué lo va a hacer Pilar.
A. Pues por porque las que van a la tienda a mí no me interesan nada… Es que yo no quiero líos, yo lo único que quiero es una relación normal.
T. ¿Normal?, ¿qué es una relación normal?
A. Normal, lo normal en un matrimonio, no lo sé; que los dos sepan dónde está el otro, y qué hace, qué piensa…
T. Pues si quieres saberlo tendrás que preguntárselo, pero no se trata de controlar, se trata de tener confianza; además, ¿cómo vas a saber lo que hace el otro en todo momento… y lo que piensa? (Bollain, 2003)


La efectividad de estos ejercicios racionales radica, según mi parecer, en que estén acompañados de un trabajo con las emociones; es decir, si el nivel de comprensión que el celoso obtiene de sus celos se queda en el nivel racional (como en el diálogo presentado) y no se acompaña de un análisis de las emociones inherentes, el celoso seguirá en el mismo estado (la escena inmediata al diálogo reproducido, muestra a Antonio espiando a su esposa en su trabajo).

Continuamos el próximo jueves.

Psic. Juan José Ricárdez.

jueves, 24 de julio de 2014

El "consejo" en el tratamiento psicológico*

Muchas veces, la búsqueda de un buen consejo para aliviar alguna situación dolorosa es la que empuja a las personas a acercarse al psicólogo. Personalmente, puedo contar a más de diez pacientes que han llegado con la petición inicial de “vengo a que me diga qué hacer” con tal o cuál cosa.

El consejo, sin duda, representa una herramienta de bastante utilidad para la resolución de problemas en la vida cotidiana: escuchar a alguien que ha pasado por una situación problemática similar a la nuestra resulta de un valor inconmensurable. De esto se desprende entonces que para buscar un consejo no hace falta acudir con un profesional, sino con alguien que ha atravesado por situaciones similares a la nuestra: un buen amigo, por ejemplo, o un profesor.
Curiosamente, es por lo anterior que el consejo, más que fomentar un avance en los tratamientos psicológicos, representa un obstáculo para el desarrollo de los mismos si no se emplea responsablemente. El paciente acude al profesional, como se ha dicho al inicio, buscando un consejo, una respuesta, una especie de solución –si se puede inmediata- a una complicación específica. Pero lo que el profesional ofrece no es eso, una respuesta rápida y precisa; lo que realmente ofrece es la oportunidad de que el otro comience un proceso de autoconocimiento genuino que le brinde la posibilidad de hacer frente a los problemas que lo llevan a la terapia, y a los que le esperan durante y al finalizar la misma. El psicólogo es, pues, un acompañante más que un guía, acompañante al que Jung (1985, p. 103) le recuerda: “Sin duda debemos obrar conforme a nuestras mejores convicciones. ¿Pero estamos seguros de que nuestras mejores convicciones son también las mejores para los demás?”.

Esta postura “no directiva” de ciertas escuelas terapéuticas, ha sido uno de los elementos más criticados por algunos profesionales dentro de la psicología[1]; sin embargo, habría que puntualizar que la determinación de “no aconsejar al paciente” se relaciona, de manera importante, y entre otras cosas, con la atención y comprensión del fenómeno denominado transferencia, que Freud (1996, p. 57) explica de la siguiente forma: “En todo tratamiento analítico se establece sin intervención alguna del médico una intensa relación sentimental del paciente con la persona del analista, inexplicable por ninguna circunstancia real. Esta relación puede ser positiva o negativa”. Con respecto a la atención que el profesional debe prestar a esta relación durante el tratamiento, Bleichmar (2008, p. 30) escribe: “a veces el [profesional] no advierte el pleito que el paciente tiene con ella o con él y en lugar de resolver ese pleito le empieza a hablar de sus vínculos cotidianos, creyendo que el paciente lo va a entender.”

El depósito que el paciente hace de sentimientos conscientes e inconscientes en la figura del terapeuta obligan a este último a -antes de emitir algún juicio o consejo con respecto a la(s) problemática(s) que el paciente plantea- comprender y explicar la posición en que el paciente está colocándole. Si el profesional no atiende esta responsabilidad comprensiva e interpretativa de la transferencia, sus consejos no serán más que palabras vacías que el paciente recibirá desde la misma óptica que lo llevó a estar en la situación problemática que expone. Para emitir una “recomendación” al paciente, primero debemos trabajar para que ésta sea  escuchada por él y resuene en algún punto de su psiquismo, y la única manera de lograrlo es mostrándole, previamente, la dinámica con que ese psiquismo ha estado operando.

Es importante mencionar también que el consejo no se descarta del todo en el tratamiento psicológico (por ejemplo cuando éste resulta impostergable para preservar la vida del paciente), pero habría que prescindir de él en el mayor grado posible. Dicho de otro modo, y a manera de conclusión, habría que afirmar que el consejo sólo debe ser utilizado, dentro del marco de un tratamiento psicológico, cuando el profesional está completamente seguro de que: primero, no está depositando en su emisión una emocionalidad producida por sus propios conflictos; segundo, ha analizado e interpretado la transferencia surgida como producto de la interacción clínica con su(s) paciente(s); y tercero, ha analizado los sentimientos conscientes e inconscientes surgidos en él como producto de la interacción clínica con su(s) paciente(s). Aconsejar en la clínica sin tomar en cuenta estos aspectos, resultaría peligroso en el plano emocional, e irresponsable en el profesional.

Hasta el próximo jueves.

Psic. Juan José Ricárdez.



Referencias

Bleichmar N., Goetschy C., Martínez C., y Puig M. (2008) Clínica psicoanalítica: inconsciente y transferencia. México D. F.: Centro ELEIA, Actividades Psicológicas.
Freud, S. (1996) Autobiografía. Madrid: Alianza.

Jung, C. G. (1985) La psicología de la transferencia. México D. F.: Artemisa.

*Artículo publicado en el número 35, año 10 de la revista Espacio universitario, editada por la Universidad Regional del Sureste.




[1] Un ejemplo es el ensayo de Jay Haley (1994) titulado En defensa del psicoanálisis, entre otros que figuran en su libro Las tácticas de poder de Jesucristo y otros ensayos.