jueves, 11 de julio de 2013

"Comer" y "comida": dos cuestiones de implicación psicológica (I de II)

Hace un par de meses, tuve oportunidad de asistir a una conferencia sobre obesidad a la que no estaba invitado. La exposición fue hecha por un alto cargo del Seguro Social en Oaxaca que, según percibí, tiene ya bastantes años preocupado por esta cuestión (mucho antes de que el tema se pusiera de moda por los datos que hacen de México un puntero en estos asuntos). Habló de los programas que ha implementado la institución a la que él pertenece, e incluso nos contó que él mismo ha sido impulsor y operador de varios de ellos. Mostró también estadísticas y datos acerca de la magnitud del problema en México y en Oaxaca.

No obstante, y a pesar de lo interesante e ilustrativa que resultó su exposición, lo que llamó principalmente mi atención fue la manera en que él mismo vive la obesidad. El médico en cuestión es un tipo obeso, bastante obeso de hecho y él mismo hizo notar esa curiosidad: “cuando me hablaron y me pidieron que viniera a hablar de obesidad, no sabía si querían que hablara sobre los programas ó si querían que diera un testimonio”, dijo al iniciar. Con un ritmo bastante cómodo para los que le escuchábamos y una claridad envidiable, desarrolló el tema. Sin embargo, había algunos momentos que hacía comentarios que permitían vislumbrar algunas cuestiones que él mismo, quizá, no comprendía. De pronto habló de los psicólogos y obviamente mis antenas receptivas atendieron especialmente. Evidenció un cierto descontento con la labor de estos profesionales diciendo, en primer lugar, “yo le he preguntado a varios por qué aparece la obesidad, a qué se debe, y ni ellos mismos pueden ponerse de acuerdo”, y más tarde, hablando de su caso particular, “yo mismo les he dicho que quién se avienta conmigo, que yo ofrezco una recompensa al psicólogo que pueda hacerme bajar de peso. Nadie le entra, ninguno va a poder”.

Me parece, con todo esto, que una cuestión queda clara: La comida no es lo mismo para todos, y la acción de comer, mucho menos. ¿Qué representa para este médico comer?, ¿conocerá del erotismo caníbal asociado invariablemente a esta acción?, ¿le habrá explicado alguno de los psicólogos a los que acudió que también, desmembrando este acto, pueden rastrearse algunos afectos no elaborados de la infancia?

Trato siempre de no interpretar a sujetos que no están en tratamiento conmigo. Por eso, más allá de pensar en lo que mueve a este médico a desafiar a un sector específico de los profesionales de la salud de ese modo, quiero partir de su ejemplo para hablar un poco de lo que el “comer” y la “comida” podrían representar en nosotros, obviamente, sin que tengamos noticia de éllo.

Continuamos el próximo jueves.



Psic. Juan José Ricárdez.

jueves, 4 de julio de 2013

Inconvenientes del tratamiento psicológico

Quiero referirme, en esta ocasión, a los momentos en que, dentro de un tratamiento psicológico, el paciente intenta mover de su sitio al profesional que lo escucha (y que también le habla). No es un empeño poco frecuente; y mucho menos poco exitoso. Hace un par de meses, por ejemplo, me contaban de un colega al que su labor clínica le resultaba particularmente complicada por un motivo muy especial: era muy guapo. Según me explicaron, este psicólogo padecía, invariablemente, el acoso de todas sus pacientes femeninas. Suena cómico, pero me comentaban que él vivía esta situación con mucha angustia. Un buen día, dispuesto a hacer algo con la situación que le acontecía, tomó una decisión que pondría fin a toda esa calamidad: optó por transformar radicalmente su aspecto. Dejó de usar la formal vestimenta que acostumbraba, comenzó a adornarse con un peinado más desenfadado y hasta dejó de afeitarse.
No lo conozco físicamente como para juzgar los posibles alcances de su atractivo; pero quiero concentrarme en su situación, en su angustia y en la solución que encontró. De entrada, al pensar un poco en esto, no pude menos que recordar a Fromm cuando, refiriéndose a la transferencia, dentro de su Grandeza y limitaciones del pensamiento de Freud, dice: “Ningún analista puede ser lo suficientemente estúpido o carente de atractivo como para no producir este efecto en una persona, por otro lado inteligente, que no se tomaría la molestia de fijarse en él si no fuese su analista” (1991, p. 55). La situación analítica promueve, pues, este tipo de inconvenientes.
El psicólogo en cuestión seguramente no tiene muy claro este punto y esa es una franca irresponsabilidad suya. No obstante, lo realmente delicado, es que el suyo  no es un caso aislado. En otra ocasión, a un compañero de trabajo le sucedió algo similar. Tenía una paciente y todo parecía marchar bien, hasta que, un día, después de una sesión, ella le envió un mensaje que decía: “me gustaría seguir platicando contigo, pero ahora como amigos”. Él optó por cortar el tratamiento desde ese momento. Los psicólogos no hacemos prohibiciones ni otorgamos satisfacciones a nuestros pacientes. Sería injusto cobrarles por eso. Pero estas complicaciones, inherentes a todo tratamiento (no sólo psicológico) serían mejor entendidas si el profesional pusiera más atención a sus propios conflictos, ya que éstos entran en juego, invariablemente, en cada sesión psicológica.
El cocinero afila sus cuchillos, el conductor aceita su vehículo y el cirujano esteriliza sus instrumentos. La ética y eficacia de cada labor impone estas precauciones. ¿Qué habrá entonces de espeluznante en el psiquismo del ser humano como para que, en ocasiones, el psicólogo sea el único que no trabaja en su mente?
Hasta el próximo jueves.

Psic. Juan José Ricárdez.


REFERENCIAS

Fromm, E. (1991) Grandeza y limitaciones del pensamiento de Freud. México D. F.: Siglo veintiuno editores.

jueves, 27 de junio de 2013

Omisión intencional de los complejos edípicos y de castración


El psicoanálisis no es cosa fácil; y no me refiero a su estudio o al empleo de su técnica; más bien quiero hablar de la manera en que esta ciencia logra trastocar las fibras más íntimas del sujeto; incluso cuando éste no lo tiene contemplado.

Quiero referirme, con esto, a una lectura[1] que estoy realizando, y cuyo primer capítulo termina con una sentencia que desencadenó mi más aguda desconfianza: “[Freud] Fue un genio. Puede preferirse concebirlo como lo hago yo, como uno de los pocos hombres de la historia que poseyeron una mente universal. Al igual que Shakespeare y Goethe y Leonardo da Vinci, Freud iluminó todo lo que tocó. Fue un sabio verdadero.”(Hall, 1986, p. 24). El autor (que por cierto, nunca menciona ser psicoanalista) pretende realizar en su texto una explicación sintética de los puntos que él considera más relevante de la teoría freudiana. Me centraré en uno de estos puntos, que fue el que llamó mayormente mi atención.

En los capítulos II y III llamados La organización de la personalidad y La dinámica de la personalidad, respectivamente, el autor se refiere a la segunda tópica freudiana explicando, detalladamente, en qué consiste cada una de las partes que la componen (ello, yo y superyó). Mi atención se centró en su explicación del superyó; y es que, resulta imposible no notar que existe una clara e intencional omisión de los complejos edípico y de castración. No es un detalle menor, ya que el superyó no sería posible de no ser por la travesía del niño por estas etapas simultáneas. En Freud se llama superyó, en Lacan El Nombre del Padre; pero en ambos está clara la función paterna que impide el goce del niño, el goce con la madre. Es ahí cuando el sujeto aprende a no gozar, a ser sociables. Hall se aproxima a ambos complejos cuidadosamente sin atreverse a entrar en ellos, ni siquiera a mencionarlos: “En el caso del superyó, por ejemplo, el niño no desarrolla una autodisciplina hasta que haya tenido la oportunidad de identificarse con las prohibiciones morales de sus padres.” (Hall, 1985, p.57).


 
Sabemos, gracias al psicoanálisis, que no es posible decir algo sin decir más. Sólo lo dicho da cuenta del sujeto y la palabra nos muestra el inconsciente. Finalmente, Hall, quien al inicio de su pequeño libro muestra una idealización de Freud, y que sin embargo omite uno de los puntos nodales de su propuesta; termina sucumbiendo, al parecer sin notarlo (ya que el libro se editó por lo menos cuatro veces) y nos muestra sus temores de castración sin el menor empacho, en el mismo capítulo III, en el apartado llamado Angustia: “Uno tiene miedo a una serpiente venenosa, a un hombre con un revólver, o a un automóvil que no se puede dominar. En la angustia neurótica la amenaza consiste en una elección objetal instintiva del ello.” (Hall, 1986, p.71). Es decir, ¿un temor al falo del padre por las pulsiones sexuales incestuosas dirigidas a la madre? Quién sabe, sólo él podría decirlo.
Hasta el próximo jueves.
 
Psic. Juan José Ricárdez.

 



[1] “Compendio de psicología freudiana” Calvin S. Hall.