viernes, 4 de julio de 2014

Psicopatología de la vida futbolera: Óliver Átom (Parte III)

Por último habrá que mencionar unas palabras con respecto a la teoría de que, realmente, todo cuanto ocurrió en la serie, ha sido un sueño de Óliver. Si nos pusiéramos empíricos, podríamos descartar enérgicamente esta afirmación ya que no hay evidencia material que demuestre que la versión es verdadera; no obstante, al no ser partidarios de una “ideología de la ciencia” como lo es el empirismo, sólo se nos ocurre preguntarnos: ¿por qué a pesar de no haber evidencia sensible de que la historia de los Súpercampeones fue un sueño de Óliver, no nos atrevemos a negarlo decididamente?, la respuesta es, sencillamente: porque si hubiese sido un sueño todo tendría más sentido.

Recordemos que Freud nos explica que “una vez llevada a cabo la interpretación completa de un sueño se nos revela éste como una realización de deseos” (1981, p. 159).  ¿Qué deseó se significó en el gran sueño de Óliver?, todos los propios de su estructura caracterológica (narcisística-autísitca). Primero, podemos partir de la sensación generalizada entre el público de la serie de que las nociones de tiempo y espacio son decididamente irreales. Mientras Óliver conducía el balón, se daba tiempo de pensar en muchas cosas, recordar, analizar y decidir. Las canchas de futbol de la caricatura tendría que haber tenido dimensiones mucho mayores a las aprobadas por la Fifa[1] si se toma en cuenta la velocidad a que corren los jugadores y el tiempo en que avanzan. Es decir; existe en esta historia, como en el inconsciente revelado en los sueños, una ausencia total de temporalidad y espacialidad; nociones que, en cambio, sí están en la realidad material a la que se accede durante la vigilia.

Un segundo elemento es el protagonismo del soñante. En su Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Bettelheim nos explica cómo el niño se identifica con el héroe de los cuentos, identificación que le resulta muy útil para enfrentar la vida cotidiana (1988). En los sueños infantiles, es común escuchar que el niño fabrica una historia de la cual él es el protagonista[2], tal como Óliver lo hace. Si resultara verdad el hecho de que Óliver (el soñante) había perdido las piernas, toma particular importancia el hecho de que el sueño sea, precisamente, uno que trata de éxitos en una actividad en la que estas extremidades son imprescindibles[3]. Según Adler:

el niño nace con un potencial intrínsecamente bueno. Pero existen factores que pueden impedir el desarrollo sano del Sentimiento de Comunidad en el niño. En vez de sentirse aceptado, apreciado y querido, el niño puede llegar a tener la convicción de que vale menos que las demás personas, que es menos querido, menos aceptado, o menos fuerte. Estos factores pueden ser de índole orgánica (una “minusvalía de órgano”), es decir, debido a problemas de salud, a una disminución psíquica o a una discapacidad física. (Oberst, Ibarz y León, 2004, p. 37)

Y para hacer frente al dolor del sentimiento de inferioridad, que es siempre:

un sentimiento doloroso y difícil de tolerar, los humanos tienden no sólo a compensarlo, sino incluso a sobrecompensarlo: (…) Y nace el afán de superioridad, o afán de poder. De modo que el afán de poder, tan asociado con el nombre de Adler, no es algo natural en una persona psicológicamente estable; es la expresión patológica de un individuo que en el fondo se siente inferior, excluido, minusválido. (Oberst et al., 2004, p. 38)
Óliver sobre compensa en su gran sueño y salda sus limitaciones a través del futbol: 1) enfrenta su tendencia autística y consigue conocer gente, interactuar con otros, hacer amigos (y rivales lo cual también es un modo de relacionarse); 2) consigue un desenvolvimiento físico extraordinario, realizando piruetas imposibles para los demás; y 3) se forja un narcisismo robustecido que le impide experimentar el sentimiento original de inferioridad por su discapacidad. Este narcisismo, es simbolizado claramente cuando Óliver brinca a muchos metros de altura, ya que desde ahí ve “hacia abajo” a los demás, y estando arriba, todo se ve “muy pequeño”.

El narcisismo patológico de Óliver es generador también de ansiedades persecutorias representadas por sus rivales, los cuales siempre le observan como alguien a derrotar (algunos más sádicos como Steve); pero particularmente es Andy quien le impacta. Este chido, con una afección cardíaca, paraliza el cuerpo de Óliver; quizás un poco por identificación con una persona de salud disminuida (recordemos que estamos en la hipótesis de que la historia es un sueño), y un poco por temores de la venganza del objeto (más o menos al estilo del Vegano): si lo mato después vendrá a matarme.

Son éstas las consideraciones que hasta el momento podemos compartir; si todo ha sido un sueño hasta ahora, tal vez nunca lo sabremos.

Hasta el próximo jueves.


Psic. Juan José Ricárdez.


Referencias

Bettelheim, B. (1988) Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Distrito Federal: Grijalbo.
Fifa (2012) Reglas de juego. Zúrich: Fédération International de Football Association.
Freud, S. (1981) La interpretación de los sueños I. Distrito Federal: Iztaccíhuatl.
Leal, V. (2011) Ejercicios de escritura. Distrito Federal: Ediciones de la noche.
Oberst U., Ibarz V, y León R. (2004) La psicología individual de Alfred Adler y la Psicosíntesis de Olivér Brachfeld. Revista de Neuro-psiquiatría, 67(1-2), 31-44.
SupercampeonHD1 (2012) Super Campeones Capitulo 001 Audio Latino [Completo]. Recuperado de www.youtube.com/watch?v=O7s-ScCZvGw



[1] Entre 90 y 120 metros de longitud, y entre 45 y 90 metros de anchura. (Fifa, 2012, p. 7)
[2] Una vez, estando en la calle, tuve oportunidad de escuchar a un niño de entre 4 y 5 años contándole este sueño a su padre: “soñé que era mi cumpleaños y que me hacían una fiesta, pero ya sabía que no era mi cumpleaños”. El niño revela su deseo: fiesta, regalos, dulces, crecer, etc.
[3] Aún con las adecuaciones que la Fifa permite a la cancha y reglamento cuando se trata de personas con discapacidad (Fifa, 2012), estrictamente hablando, una persona sin ambas piernas no puede jugar futbol (foot-ball).

jueves, 19 de junio de 2014

Psicopatología de la vida futbolera: Óliver Átom (Parte II)

Por otro lado, además de sus rasgos autísticos (entre los cuales sobresale la relación de Óliver con su balón, al más puro estilo del “objeto transicional” de Winnicott) y desafiantes, son observables en Óliver signos narcisísticos claros (ya habíamos comentado un poco que el protagonista antepone su deseo al de el otro). Cuando parte en el camión de la mudanza, aparece una niña corriendo tras él gritando el nombre de Óliver (evidenciando el aprecio que por él experimenta), y él sólo le responde, sin nombrarla: “¡Adiós, despídeme de todos!”. Frente a la empatía mostrada por ella, Óliver responde con un mensaje objetivante: la utiliza para hacer algo que él no se tomó la molestia de hacer, “despedirse de todos”.

Una característica recurrente de los personajes protagonistas de las caricaturas japonesas (como Óliver de Súpercampeones, Gokú de Dragon Ball, o Seya de Caballeros del Zodiaco), es que suelen emocionarse ante la presencia de un oponente complicado. Parece imposible que resistan este tipo de desafíos, y aceptan gustosos las contiendas. Pensando esto a la luz del narcisismo, podríamos interpretar esto como un deseo de eliminar a aquel que podría robar la admiración de los otros. En muchas de estas series, el oponente poderoso, tras ser vencido por el protagonista, termina uniéndose al equipo de éste y reconociéndolo, finalmente, como su líder (como sucede con Benji y Steve de Súpercampeones, Pícoro y Vegueta de Dragon Ball, y Ioga, Shiru e Ikki de Caballeros del Zodiaco), con lo cual el narcisismo del protagonista no puede menos que robustecerse.

En Óliver, este narcisismo podría estar explicado, quizás, por la ausencia del padre:
Todo niño, para poder sostenerse en la vida, necesita estar en el deseo de alguien especial (alguien como un padre) que sea capaz de desearle que viva de acuerdo con su propia diferencia, capaz de reconocer lo incomparable que habita en él: en ese niño único. (Leal, 2011, p. 103)

Si no está presente la figura de identificación (por la cual el niño experimenta la admiración-envidia de sus cualidades), no queda otra opción que realizar, digámoslo burdamente, una identificación con uno mismo; o siguiendo al Freud de Introducción al narcisismo, si en lugar de la búsqueda de objeto para el depósito de la libido se dirigen todas las pulsiones al yo, tenemos un narcisismo patológico. Átom se admira a sí mismo, y al igual que con los protagonistas de caricaturas antes mencionados, podemos observar francamente en él la imposibilidad (inherente a todo ser humano) de admirar a alguien sin envidiar las dotes que dan origen a esa admiración[1].

Continuamos el próximo jueves.


Psic. Juan José Ricárdez.



[1] Tema que abordamos más ampliamente en dos partes, en las entradas del 4 y 12 de abril de 2013, tituladas La envidia. http://psicotidianidades.blogspot.mx/2013/04/la-envidia-i-de-ii.html y http://psicotidianidades.blogspot.mx/2013/04/la-envidia-ii-de-ii.html respectivamente.

viernes, 13 de junio de 2014

Psicopatología de la vida futbolera: Óliver Átom (Parte I)

Quizás por liberarse en estas épocas la efervescencia futbolera, es que se me ha ocurrido hablar de este tema. Para la mayoría de mexicanos cuya infancia transcurrió durante los 90´s (época en que la serie llegó a México), hubo una caricatura que representó particular importancia: Súpercampeones (1981). La temática se centraba en las aventuras de un niño, Óliver Átom, que soñaba con ser futbolista y campeón de una Copa mundial con la selección de su país, Japón. Una historia desarrollada entre las complicaciones propias de la emocionalidad infantil del protagonista y los desafíos de perseguir su sueño futbolístico.

Hasta aquí todo sigue un curso normal: una caricatura pensada para niños y que promovía un deporte. No obstante, tiempo después, incluso posterior al de la trasmisión de versiones distintas de la serie, comenzaron a hacerse comunes varios rumores en torno a la historia que realmente encubría la caricatura; específicamente en lo referente a un supuesto final nada esperanzador para el infantil auditorio:

Oliver disputa el partido de la final de la Copa del Mundo: Brasil v/s Japón. Algo bastante posible dentro de la historia. Lo siniestro es que luego de que Oliver mete el último gol – que le da el triunfo a su país – despierta en un hospital diciéndole a su madre que había ganado el Mundial (recordemos que una parte de la aventura en Supercampeones son recuerdos de Oliver ganando partidos mientras está en una sala de urgencias).
Luego de esto, una imagen muestra a Oliver abrazándola de felicidad, pero, el detalle, es que él no tiene piernas: las perdió cuando era un niño y, entonces, recién estaría despertado del coma tras el accidente. Todo lo que ocurrió en la saga Supercampeones, es solo una realidad que Atom imaginó. (Creepypasta Wiky, ¿?).

No es mi intención debatir sobre la veracidad de este mito (en el sentido más respetuoso del término), sino hablar sobre las implicaciones psicológicas que aparecen en torno al tema.
En el primer capítulo de la serie titulado El desafío (2012) conocemos a Óliver y a su madre. Se sabe que el padre es un Capitán marino que, por su trabajo, está fuera de casa por períodos prolongados. Hablemos primero de la relación madre-hijo. Los primeros segundos de la serie hacen evidente la distancia (a nivel psíquico) entre Óliver y su madre. Las primeras palabras de la serie surgen de la madre y se dirigen a su hijo: “Óliver, ya nos vamos. ¡Baja!”, un mensaje destinado a incluir al otro. La escena inmediata nos muestra a un Óliver autístico (que no autista): solo, ensimismado y silencioso. Mira una imagen del último campeón de un Mundial mientras tiene bajo el pie un balón de futbol. Esta condición autística se confirma con las que serán las primeras palabras del protagonista en toda la serie: “Yo seré campeón del mundo algún día”. Es decir, la madre lanza un mensaje que pretende incluir al hijo, y Óliver responde con uno que no incluye a nadie más que a él. Inmediatamente, la madre vuelve a intentarlo: “¡Óliver, el camión está a punto de irse!”, pero el infante en lugar de responder a la madre que le habla, habla a su vez con su balón (objeto que no le habla ni le escucha): “¡Vamos balón, vuela!”. Partiendo de esta escena, podemos presumir que Óliver está regido por su propia ley: ante la instrucción de la madre, él parece identificarse con la labor gobernante (del padre que no está) y hace suyo el mandato para dirigirlo, finalmente, a otro que no puede oponerse ni rebelarse como él sí lo hace con la madre. Dicho de otro modo: Óliver no está dispuesto a ser gobernado, prefiere ser él quien gobierna sobre otro que no se rebela. Llegamos con esto a un detalle de la configuración familiar de Óliver: el padre no está.

Sabemos que la estructura psíquica encargada de oponerse a las pulsiones es el superyó; y si hubiera que explicarlo sencillamente, diríamos que el superyó es el representante, en el mundo interno, de las normas morales y culturales. El representante externo de estas normas, y que cumple su función opositora del goce durante el período que va de los tres a los cinco o seis primeros años de la vida, es el padre. El superyó es, pues, la ley del padre que uno mismo se impone. En Óliver no existe la ley del padre, sólo existe su propia ley. La función básica de la ley del padre es la adaptación, la inmersión soportable a una realidad que siempre frustra el goce.


Óliver no está dispuesto a soportar la frustración del goce, y de ahí el nombre el primer capítulo, El desafío. Óliver desafía a la realidad, a la madre, desafía a Benji Price (el mejor portero y por cierto mayor en edad que él y por quien evidencia la franca emocional ambivalente edípica: admiración por él y deseo de desafiarlo), y con éllo desafía permanentemente al padre.

Continuamos el próximo jueves.


Psic. Juan José Ricárdez.